Nadie es inocente.
Incluso cada uno es a su manera
un conspirador
un traidor
un héroe.
Quién que no ha creído en algo,
no ha intentado (aun fútilmente)
convencer
iluminar
contribuir
con artilugios
o gestas incomprendidas
trampas descubiertas
condenadas incluso
demonizadas.
Quién no ha intentado
alguna vez
la manipulación
ocultando lo inconveniente
lo dudoso
postergarlo secretamente
improvisar o planear mentiras.
Quién no ha guardado esos secretos.
Quién no ha comprendido la estrategia del otro
y la ha protegido
o por el contrario,
no ha intentado denunciarla
con rumores o a voces
a las personas correctas
o equivocadas.
Nadie es inocente.
Todos somos conspiradores
inexpertos casi siempre
efectivos casi nunca.
Por eso no creemos en las conspiraciones
de los que realmente son eficaces en el engaño.
¿Son mejores acaso ellos que nosotros
que toda la vida mentimos con suerte dispar,
en el arte del engaño y la estrategia?
Nosotros que planeamos nuestra vida
desde niños
y fracasamos.
Que no pudimos sostener nuestros sueños
y los malvendimos.
O acaso nos convencimos
de que los sueños verdaderos eran otros.
O que los sueños son para los niños.
¿Cómo podrían trazar planes
y cumplirlos implacables
si nosotros fallamos en los ideales
en los que nos iba la vida
la felicidad
el destino?
Sostenidos por mentiras
inútiles intentos de reencaminar el destino.
(Necesarias para que ese destino sea).
Nadie es inocente.
No importa qué hagamos
el destino es eso que resulta
del azar y de la voluntad.
A veces ocurre una consecuencia
y no alguna otra cosa.
Otras estalla como una provocación
lo inesperado.
Como si fuera un azar conciente de su arbitrio
y nosotros marionetas pretensiosas
remedando la danza del titiritero.
Aunque todos seamos tiriteros
además
de nuestra marioneta
la que hacemos actuar
bailar
y poner la piel y los huesos en juego,
y como en una gran subasta
imponerse a los otros
conspirando
como héroes o traidores
a una multitud de destinos,
como una trama desordenada
asimétrica
mutante.
Nadie es inocente.
Cómo engañarse
y sostenerlo.
gadsy / Malva Gris
lunes, 5 de noviembre de 2012
Los hermanos.
Uno se mataba sin convicción pero certeramente
por uno u otro camino.
Sin pensar en la muerte como solución
sino como destino,
antes o después,
qué importa (habrá pensado),
se trata de pasar otro día
esperando que algo fugazmente cambie
para notar algo distinto
aunque tal vez se me escape
y no entienda lo que ha ocurrido
lo confunda con la vida
el ir y venir
los autos, los árboles, los semáforos
con su odiosa pretensión de permitir o impedir
tu paso
o el mío
hacia quién sabe qué
pero seguro conduciendo al final
al mismo final
todos.
Mientras el hermano
se solaza en las palabras
inventa pensamientos nuevos
se regodea en emociones
sentimientos que atan hechos
tal vez fortuitos
pero nunca casuales.
Para eso están las cosas
(habrá pensado).
E ignorante de tantas hechos
ya ocurridos o por ocurrir
escribía incidentales relaciones
entres sus recuerdos y sus acasos
ejercitando la conjetura
explicando causalidades
para otros casuales.
Todo tiene significado
(habrá pensado).
Ignorante del tránsito definitivo del hermano.
Y el uno esperando la señal
pero convirtiéndose en ella
(habrá ignorado).
El otro interpretando azares
y perdiendo la única señal que era para él.
La del hermano.
Uno muerto convirtiéndose en ese cambio
que hace despertar demasiado tarde
siendo uno más de esos avatares cotidianos
(casuales habrá pensado)
la muerte como un puñal
señal de sangre
mensaje de fatuidad
oculta en las cosas.
Cuánto de distinto habrá estado pasando
pasado por alto
perdido entre las cosas
ignorado
para ser endecha hoy
por un hermano muerto tan temprano.
Y yo estoy haciendo eso
cantando tal vez,
orando acaso a este misticismo de la palabra
y estarán ocurriendo tantas señales
que ignoraré
y algún día serán sorpresa o dolor,
ignoradas
tal vez, sin intención.
¿O siempre elegimos ignorarlas?
gadsy / Malva Gris
por uno u otro camino.
Sin pensar en la muerte como solución
sino como destino,
antes o después,
qué importa (habrá pensado),
se trata de pasar otro día
esperando que algo fugazmente cambie
para notar algo distinto
aunque tal vez se me escape
y no entienda lo que ha ocurrido
lo confunda con la vida
el ir y venir
los autos, los árboles, los semáforos
con su odiosa pretensión de permitir o impedir
tu paso
o el mío
hacia quién sabe qué
pero seguro conduciendo al final
al mismo final
todos.
Mientras el hermano
se solaza en las palabras
inventa pensamientos nuevos
se regodea en emociones
sentimientos que atan hechos
tal vez fortuitos
pero nunca casuales.
Para eso están las cosas
(habrá pensado).
E ignorante de tantas hechos
ya ocurridos o por ocurrir
escribía incidentales relaciones
entres sus recuerdos y sus acasos
ejercitando la conjetura
explicando causalidades
para otros casuales.
Todo tiene significado
(habrá pensado).
Ignorante del tránsito definitivo del hermano.
Y el uno esperando la señal
pero convirtiéndose en ella
(habrá ignorado).
El otro interpretando azares
y perdiendo la única señal que era para él.
La del hermano.
Uno muerto convirtiéndose en ese cambio
que hace despertar demasiado tarde
siendo uno más de esos avatares cotidianos
(casuales habrá pensado)
la muerte como un puñal
señal de sangre
mensaje de fatuidad
oculta en las cosas.
Cuánto de distinto habrá estado pasando
pasado por alto
perdido entre las cosas
ignorado
para ser endecha hoy
por un hermano muerto tan temprano.
Y yo estoy haciendo eso
cantando tal vez,
orando acaso a este misticismo de la palabra
y estarán ocurriendo tantas señales
que ignoraré
y algún día serán sorpresa o dolor,
ignoradas
tal vez, sin intención.
¿O siempre elegimos ignorarlas?
gadsy / Malva Gris
La Biblioteca.
Porque es biblioteca o porque es humilde
sostenida en la imposibilidad,
activa más por pasión que por necesaria,
tal vez por eso me acogió tan cálidamente.
Los relieves en las paredes cincelados por la humedad,
el aire fresco,
ese polvo que nadie llega a limpiar
de una semana a la otra
(una franela inmóvil desde hace veinte días
sobre el mismo libro)
y los visitantes, mientras esperan,
tomando uno u otro libro
y dejándolo luego en su lugar.
Las esperas son obligatorias.
El tiempo no es un enemigo
detenido en los anaqueles.
Los libros
que multiplicados en los vidrios de las puertas
como espectros
nos convierten también en libros
de nuestra historia
nuestros miedos
y nuestras promesas,
reclaman insistentes nuestras miradas.
Y los otros
pierden su rostros y sus nombres
y son, brevemente,
por un hechizo que se celebra
sin sacerdotes ni pitonisas,
cada uno, un ritual de reanimación
de esas criaturas misteriosas
de lomos casi siempre antiguos
y hojas ocrecidas.
Y los otros, frente a los estantes,
están para revivir todas esas palabras silenciosas.
Sólo por estar, por mirar,
por tomar y abandonarse a su follaje
y seguir las letras con interés o indiferencia
el quejido se transforma en canto
y el sortilegio se hace acto.
Luego, cuando atraviesan las puertas
son nuevamente personas,
apéndices de los más variados caprichos.
Yo observo esa danza pausada
de ritmos imposibles
mientras la espera va amputándose
segundo a segundo
y pienso en mis libros
que no cuentan con manos
que ejecuten rituales milagrosos
y me rasguña cierta tristeza
por ser carcelera de tan impensado tesoro.
gadsy / Malva Gris
sostenida en la imposibilidad,
activa más por pasión que por necesaria,
tal vez por eso me acogió tan cálidamente.
Los relieves en las paredes cincelados por la humedad,
el aire fresco,
ese polvo que nadie llega a limpiar
de una semana a la otra
(una franela inmóvil desde hace veinte días
sobre el mismo libro)
y los visitantes, mientras esperan,
tomando uno u otro libro
y dejándolo luego en su lugar.
Las esperas son obligatorias.
El tiempo no es un enemigo
detenido en los anaqueles.
Los libros
que multiplicados en los vidrios de las puertas
como espectros
nos convierten también en libros
de nuestra historia
nuestros miedos
y nuestras promesas,
reclaman insistentes nuestras miradas.
Y los otros
pierden su rostros y sus nombres
y son, brevemente,
por un hechizo que se celebra
sin sacerdotes ni pitonisas,
cada uno, un ritual de reanimación
de esas criaturas misteriosas
de lomos casi siempre antiguos
y hojas ocrecidas.
Y los otros, frente a los estantes,
están para revivir todas esas palabras silenciosas.
Sólo por estar, por mirar,
por tomar y abandonarse a su follaje
y seguir las letras con interés o indiferencia
el quejido se transforma en canto
y el sortilegio se hace acto.
Luego, cuando atraviesan las puertas
son nuevamente personas,
apéndices de los más variados caprichos.
Yo observo esa danza pausada
de ritmos imposibles
mientras la espera va amputándose
segundo a segundo
y pienso en mis libros
que no cuentan con manos
que ejecuten rituales milagrosos
y me rasguña cierta tristeza
por ser carcelera de tan impensado tesoro.
gadsy / Malva Gris
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