Cuando te escucho
renuncio a ser protagonista
abandono el primer plano
con molicie
para que nuestro diálogo
sea como un madrigal
polifónico
esperado.
Cuando te escucho
leo tus manos
tu ceño
el ritmo de tus labios
tus rictus
los vaivenes de tu cabeza
y de tus manos.
Cuando te escucho
siento también qué dice mi piel,
si respira suave el aire
o tensa
y punzada por diez mil mínimas agujas.
Cuando te escucho
sigo la danza de tus brazos
(si fueran palomas al aire)
y desconfío
de las quietudes impuestas.
Cuando te escucho
me dejo conducir por la pasión.
Y permito por un rato
que los errores de ambos
tuyos y mios
se encuentren, se miren, se rodeen.
Cuando te escucho
todo mi cuerpo hace una pausa
para presenciar tus palabras
atravesándome.
Luego un sabor,
no ya en la boca
sino en el alma
me hablará de acuerdos
o sublevaciones.
Cuando te escucho
el aire es distinto
porque trae otros significados
los tuyos
que no tienen por qué ser los míos.
Mis significados
aguardan expectantes
y se dejan conducir
o se ponen en guardia.
Yo no controlo eso.
No quiero controlarlo.
Prefiero escucharte
y al mismo tiempo
escucharme.
gadsy / Malva Gris.
jueves, 27 de septiembre de 2012
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Once preciosas horas.
Ya iniciaron las once preciosas horas
que digerirá prolijamente
esa gran maquinaria que hacemos funcionar.
Ese Minotauro
que alimentamos con nuestro miedo
más que con nuestra admiración.
De la que dependemos
para ser obligados a danzar
la macabra danza del sinsentido.
De la que dependemos
para ser obligados a pagar
nuestro derecho a un día más de vida.
Once horas
para comprar nuestro derecho a estar obligados.
La paradoja indispensable de nuestras vidas
o, al menos, de la mejor parte
de las mejores once horas de nuestros mejores días.
Aquí sentados, a la mesa de la tarea
esa que nos preocupa
y se lleva nuestros pensamientos más lúcidos,
aquí imaginamos una mejor vida,
esa que pretendemos comprar
con estas once preciosas horas ya perdidas para siempre.
gadsy / Malva Gris.
que digerirá prolijamente
esa gran maquinaria que hacemos funcionar.
Ese Minotauro
que alimentamos con nuestro miedo
más que con nuestra admiración.
De la que dependemos
para ser obligados a danzar
la macabra danza del sinsentido.
De la que dependemos
para ser obligados a pagar
nuestro derecho a un día más de vida.
Once horas
para comprar nuestro derecho a estar obligados.
La paradoja indispensable de nuestras vidas
o, al menos, de la mejor parte
de las mejores once horas de nuestros mejores días.
Aquí sentados, a la mesa de la tarea
esa que nos preocupa
y se lleva nuestros pensamientos más lúcidos,
aquí imaginamos una mejor vida,
esa que pretendemos comprar
con estas once preciosas horas ya perdidas para siempre.
gadsy / Malva Gris.
martes, 25 de septiembre de 2012
Nosotros.
Nosotros
que renegábamos de la falta de ideales
de los adultos,
los que prometíamos jamás ceder,
defender nuestros principios
refundar valores
rejuvenecidos
con más humanidad.
Nosotros
que éramos hermanos
de todos los hombres y mujeres
del Sol, de la Luna
de los árboles
los que antes eran prójimos
y sufrían
y habían luchado en los comedores
y en las misiones.
Nosotros éramos esos.
Y prometimos cambiar al mundo.
Juramos que era posible.
Y aquí estamos, patéticos,
tratando de no perder el cabello
escondiendo nuestras arrugas,
malpintando nuestras canas.
Como si allí pudiéramos esconder aquellos ideales
que nos avergüenzan
por incumplidos,
los que juramos jamás perder
los mismos que los jóvenes hoy defienden
y nos reclaman
los mismos que nos hacen culpables
de traición.
¿Por eso tal vez tememos a los jóvenes?
¿Porque nos recuerdan
que cometimos la peor traición
aquella que nos entregó a nosotros mismos
a ese mundo que renegábamos
solícitos
presurosos por darlo vuelta todo
con nuestras vitalidad
o nuestra fe?
Nosotros.
Los que nos creíamos suficientes
y fatigamos hoy nuestros días
pagando puntuales
el alquiler de nuestra posición.
Esa mascarada que nos tiene comprados
y malvendidos.
Nosotros los supersticiosos.
Que elegimos creer en vírgenes virtuales
rondando en cadenas sin esfuerzos
ni compromisos.
Nosotros.
Aquellos que fuimos
y que renunciamos a ser.
En beneficio nuestro.
¡Salud!
gadsy / Malva Gris
que renegábamos de la falta de ideales
de los adultos,
los que prometíamos jamás ceder,
defender nuestros principios
refundar valores
rejuvenecidos
con más humanidad.
Nosotros
que éramos hermanos
de todos los hombres y mujeres
del Sol, de la Luna
de los árboles
los que antes eran prójimos
y sufrían
y habían luchado en los comedores
y en las misiones.
Nosotros éramos esos.
Y prometimos cambiar al mundo.
Juramos que era posible.
Y aquí estamos, patéticos,
tratando de no perder el cabello
escondiendo nuestras arrugas,
malpintando nuestras canas.
Como si allí pudiéramos esconder aquellos ideales
que nos avergüenzan
por incumplidos,
los que juramos jamás perder
los mismos que los jóvenes hoy defienden
y nos reclaman
los mismos que nos hacen culpables
de traición.
¿Por eso tal vez tememos a los jóvenes?
¿Porque nos recuerdan
que cometimos la peor traición
aquella que nos entregó a nosotros mismos
a ese mundo que renegábamos
solícitos
presurosos por darlo vuelta todo
con nuestras vitalidad
o nuestra fe?
Nosotros.
Los que nos creíamos suficientes
y fatigamos hoy nuestros días
pagando puntuales
el alquiler de nuestra posición.
Esa mascarada que nos tiene comprados
y malvendidos.
Nosotros los supersticiosos.
Que elegimos creer en vírgenes virtuales
rondando en cadenas sin esfuerzos
ni compromisos.
Nosotros.
Aquellos que fuimos
y que renunciamos a ser.
En beneficio nuestro.
¡Salud!
gadsy / Malva Gris
Suscribirse a:
Entradas (Atom)