La muerte no es justa ni injusta.
La muerte simplemente es.
Parte de la vida es.
La última parte, la indiscutible.
La menos falaz, la definitiva.
Inapelable.
Irreversible.
Insondable.
La muerte no tiene moral.
No sabe de buenos ni de malos.
Sabe de azar.
Es, simplemente.
Y es, sin ningún lugar a dudas.
Te arranca el amor,
te arranca la carne,
los hijos de arranca,
los amigos, los padres.
Aparece de golpe o se gesta.
Se anuncia o se hace presente de improviso.
Nada puede reprochársele.
La muerte es, y por derecho propio
se lleva aquello cuya zarpa apenas roza.
Nada es propio frente a ella.
Nadie es dueño
de ninguna versión del mundo
de ninguna semblanza del amor o del odio
cuando indiscutible
se planta y sin reclamar arrebata el aliento.
Nadie puede adueñarse de ella.
Desobediente,
impertinente
no escucha súplicas
ni se conmueve.
Tarde o temprano se lleva consigo
a las múltiples víctimas,
y a sus verdugos.
A los muchos testigos negados o confesos.
Ajena a la justicia, es.
Ráfaga de hiel,
cuchillada de arena.
No es justa ni injusta.
No conoce ni se ocupa
de las inútiles categorías
que nuestra humanidad concibe
como obra propia
sus más preciadas leyes.
Las torpes leyes del mérito.
Del merecer otra vida
o infinitas y dolorosas muertes
como prometeos sumergidos en pesadillas sin despertares.
La muerte no es justa ni injusta.
La muerte simplemente es.
El último grano de arena es.
gadsy / malva gris.
miércoles, 20 de marzo de 2013
sábado, 16 de marzo de 2013
Yo emergiendo del abuso
Dedicado a las mujeres abusadas, maltratadas, que no bajan los brazos.
Yo emergiendo del abuso
musculatura, coraza, coraje me hice.
Nadie más podrá amedrentarme:
te llevaré de paseo al infierno conmigo
para que no me olvides
en la eterna hoguera de los desesperados.
Ya no soy frágil.
La virginidad de los cristales
no me define.
Ungida por el dolor
armada por la supervivencia
no me verás suplicante.
No busco tu lástima.
Porque yo emergiendo del maltrato
roble, ombú, quebracho me hice.
Pródiga de vida
lo que tengo para ofrecer es lucha.
Y mi lucha será a la vez
arma de los más débiles
que dejaré ampararse bajo mis alas.
Alas que torpemente recién me alzan en vuelo
y azotan el aire
como caricias de afiladas garras.
Sí, esto soy ahora.
Ni frágil, ni aguardante de tu tutela.
Soy el mejor soldado de las banderas de las bases.
Del movimiento bullente
horizontal
de las carencias.
Esa soy.
Carne de cañón
de la vida a medida de los otros
en un frente en donde otras como yo ya habían perdido,
yo, no caeré vencida.
Yo emergiendo de la brutalidad
de haber competido en fuerza con los hombres
para la conquista del pan de cada día.
Yo que estibé como el más fuerte
como Ulises,
como Sansón,
como Hércules,
soy columna, soy templo de la fuerza
que conquisté esquivando los hachazos de las privaciones.
No tengo de qué arrepentirme.
Yo emergiendo de la vergüenza
mi mayor orgullo es esto que estoy siendo.
Soy mi orgullo,
el haber podido ser pese a toda oposición
y eso ofrezco,
ese es mi tributo y mi agradecimiento.
Yo emergiendo del oprobio
ni vergüenza ni arrepentimientos cargaré conmigo.
Mi ritmo será el ritmo de los míos
y mi marcha será la marcha de nuestros destinos.
gadsy / malva gris.
miércoles, 6 de marzo de 2013
No entiendo de altares.
No entiendo de altares, es cierto.
No entiendo que alguien crea
(siente,
acepte)
a otro por encima o por debajo.
¿No hablamos acaso de huesos?
¿Músculos, tendones?
¿Sonrisas, lágrimas,
tal vez ideas?
Yo no entiendo que aún se levanten altares.
Sí la admiración
(nunca incondicional)
inspirada por alguna sorpresiva maravilla
la complicidad de las ideas
o la simpatía.
Sí la tristeza
el lamento tal vez,
con mesura.
(La muerte también merece su respeto
más allá del muerto.
La muerte que puso plazo a los días
de acción o dejadez,
también merece la discreción y el silencio.
Su trabajo de renovación fecunda
de siega pertinaz
humilde balanza,
aunque nos deje la ausencia y la abstinencia
es igual de respetable.
A veces cruel, otras bendita.)
Pero no me hablen de altares.
Ni a dioses ni a personas.
Sí el homenaje íntimo,
(una canción,
un poema)
pero jamás entronizando a través de las mentiras,
un ser áureo
pura fantasía
confeccionado a medida
para hacernos títeres
de alguna mascarada
que oculta realidades innombrables.
Nunca un ídolo.
Un hombre, cualquier hombre,
cuyo nombre evoque
la vibración con que me atravesó tal vez
su idea.
Sólo eso.
Hombres y mujeres nomás,
más como ellos,
sin caballos ni bronces.
Con aristas simples
y algún filo luminoso
con el cual cortar el alma
y dejar la hendija
por donde su porción de luz
deje expuesta la carne.
Profunda.
(Lamento que mi ignorancia impida
que admire a los grandes próceres de la Historia,
acreedores de miles o millones de vidas,
y tal vez sí,
a un escritor,
una actriz
o un cantante.
Tal vez mi espíritu sea demasiado pequeño
para concebir tamañas grandezas).
Tal vez me falta inteligencia
para entender en qué unos puedan superar a otros,
o qué beneficio pueda hacer la diferencia.
Tal vez me falla la ambición de trascendencia
y no veo un hombre cuando veo un busto
veo sólo un trozo de roca o metal
con bellas formas.
Tal vez veo más las manos constructoras
que el nombre en el frontispicio de un mausoleo.
Tal vez me falta agudeza para entender de símbolos
que justifiquen un mito
y toda la miseria que he sabido que acarrea.
Tal vez me duele demasiado el dolor
y la dicha en cambio se me hace volcán
rayo
flecha.
Y no entiendo qué altar podría sostener una llama
de tan fugaz y fulminante.
No entiendo de altares, es cierto.
No entiendo de líderes,
de héroes
de próceres.
Y no quiero empezar a entender tampoco.
gadsy / malva gris.
No entiendo que alguien crea
(siente,
acepte)
a otro por encima o por debajo.
¿No hablamos acaso de huesos?
¿Músculos, tendones?
¿Sonrisas, lágrimas,
tal vez ideas?
Yo no entiendo que aún se levanten altares.
Sí la admiración
(nunca incondicional)
inspirada por alguna sorpresiva maravilla
la complicidad de las ideas
o la simpatía.
Sí la tristeza
el lamento tal vez,
con mesura.
(La muerte también merece su respeto
más allá del muerto.
La muerte que puso plazo a los días
de acción o dejadez,
también merece la discreción y el silencio.
Su trabajo de renovación fecunda
de siega pertinaz
humilde balanza,
aunque nos deje la ausencia y la abstinencia
es igual de respetable.
A veces cruel, otras bendita.)
Pero no me hablen de altares.
Ni a dioses ni a personas.
Sí el homenaje íntimo,
(una canción,
un poema)
pero jamás entronizando a través de las mentiras,
un ser áureo
pura fantasía
confeccionado a medida
para hacernos títeres
de alguna mascarada
que oculta realidades innombrables.
Nunca un ídolo.
Un hombre, cualquier hombre,
cuyo nombre evoque
la vibración con que me atravesó tal vez
su idea.
Sólo eso.
Hombres y mujeres nomás,
más como ellos,
sin caballos ni bronces.
Con aristas simples
y algún filo luminoso
con el cual cortar el alma
y dejar la hendija
por donde su porción de luz
deje expuesta la carne.
Profunda.
(Lamento que mi ignorancia impida
que admire a los grandes próceres de la Historia,
acreedores de miles o millones de vidas,
y tal vez sí,
a un escritor,
una actriz
o un cantante.
Tal vez mi espíritu sea demasiado pequeño
para concebir tamañas grandezas).
Tal vez me falta inteligencia
para entender en qué unos puedan superar a otros,
o qué beneficio pueda hacer la diferencia.
Tal vez me falla la ambición de trascendencia
y no veo un hombre cuando veo un busto
veo sólo un trozo de roca o metal
con bellas formas.
Tal vez veo más las manos constructoras
que el nombre en el frontispicio de un mausoleo.
Tal vez me falta agudeza para entender de símbolos
que justifiquen un mito
y toda la miseria que he sabido que acarrea.
Tal vez me duele demasiado el dolor
y la dicha en cambio se me hace volcán
rayo
flecha.
Y no entiendo qué altar podría sostener una llama
de tan fugaz y fulminante.
No entiendo de altares, es cierto.
No entiendo de líderes,
de héroes
de próceres.
Y no quiero empezar a entender tampoco.
gadsy / malva gris.
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